Domingo, 24 de Setembro de 2017
ISSN 1519-7670 - Ano 19 - nº958

FEITOS & DESFEITAS > VATICANO

Um gringo na corte de Ratzinger

Por Pablo Ordaz em 03/07/2012 na edição 701
Reproduzido do El País, 30/6/2012; texto em espanhol

Un periodista norteamericano de 52 años, con décadas de experiencia en la agencia Reuters, la revista Time y la cadena Fox, subirá este lunes hasta el tercer piso de la secretaría de Estado del Vaticano, allí donde se acumula todo el poder de la Iglesia, y franqueará la puerta de un despacho bajo la atenta mirada de un guardia suizo. Ya a solas, se sentará ante varias carpetas con información reservada sobre las finanzas de la Santa Sede y las filtraciones de la correspondencia secreta del Papa. Las abrirá, las leerá. Tal vez durante un momento sienta sobre sus hombros la inercia de tantos años buscando historias, el impulso de volver a bajar las escaleras del Vaticano, salir a las calles de Roma y contar en horario de máxima audiencia aquello que acaban de ver sus ojos. Pero no podrá. Desde el lunes, Greg Burke, nacido en Misuri, tiene un difícil compromiso con Benedicto XVI.

“Jesús no buscó un relaciones públicas para intentar evitar la cruz…”. A Burke le gusta la frase. Se la dijo un amigo el otro día y, en cierto modo, le sirve para aliviar la pesada carga que se ha comprometido a llevar: mejorar la muy deteriorada imagen de la Iglesia. El último escándalo de las filtraciones no solo ha puesto de manifiesto que en el Vaticano hay demasiados pasadizos al infierno, sino la incapacidad manifiesta de una institución de 20 siglos para adaptarse a la transparencia que exigen los tiempos. Sin embargo, y ante la sorpresa general, los hombres de Joseph Ratzinger han reconocido que tienen un problema y han llamado a Houston –o a Nueva York, para ser exactos– para pedir auxilio. Allí se encontraba Burke cuando una llamada desde la Santa Sede le dejó sin aliento: “Vuelve a Roma. El Sustituto quiere verte…”.

El Sustituto, en el lenguaje vaticano, es el arzobispo que dirige la sección para Asuntos Generales de la Secretaría de Estado. Se encarga de “los asuntos concernientes al servicio cotidiano del Sumo Pontífice”, desde la redacción de los documentos a la custodia del sello de plomo y el anillo del Pescador. A Greg Burke, que a partir de ahora vivirá entre prelados, le corresponderá algo más mundano: “Ni soy cardenal ni un gurú de la comunicación, pero sí un periodista y por eso sé lo que buscan los periodistas. Puedo aconsejar. Intentar influir para que haya menos espacios de oscuridad en el Vaticano. Cuando no se sabe, se fabula, se imagina lo peor. Mi idea es aportar claridad. Tengo ilusión, pero sé que no voy a poder resolverlo todo. Iré poco a poco, no entraré como los marines…”.

Tomando un capuchino en el barrio romano de Prati, Greg Burke –que hace solo unas semanas obtuvo la nacionalidad italiana– admite que al principio dijo no a la llamada, que sintió vértigo. “Hace un mes”, cuenta, “escribí que el Papa podría dimitir. Él mismo lo admitió hace años. Es un hombre al que la lectura de los casos de pedofilia –tuvo que leer todos los documentos cuando estaba al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe– golpeó profundamente. Fue él quien decidió reconocer y extirpar públicamente aquel cáncer. Como periodista también creo que el Papa no sustituirá al cardenal Bertone [el secretario de Estado, objeto de buena parte de las críticas], pero ahora veré desde dentro”, sonríe, “si mi idea de periodista se corresponde con la realidad”.

Burke es un tipo amable, con buen encaje. Admite que su trabajo en la muy conservadora cadena Fox o su pertenencia al Opus Dei colocan sobre su perfil de reportero –trabajó en Líbano, Jerusalén, Pakistán o Afganistán– una serie de etiquetas o prejuicios. No parece importarle. Dice que su primer objetivo es meter la linterna en la banca vaticana y, enseguida, influir para que el proceso contra Paolo Gabriele, el mayordomo del Papa, sea público. En cualquier caso, sus ojos verán el lunes documentos secretos que cualquier periodista quisiera ver. Y correr enseguida a contarlo…

***

[Pablo Ordaz, do El País, em Roma]

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