Terça-feira, 17 de Setembro de 2019
ISSN 1519-7670 - Ano 19 - nº1055
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FEITOS & DESFEITAS >

Milagros Pérez Oliva

05/05/2009 na edição 536

‘Es sin duda una muy buena fotografía. Tiene movimiento, elegancia e intensidad. Y desde luego se hace mirar. Muestra la silueta de dos atractivas mujeres, la princesa Letizia y la primera dama francesa, Carla Bruni, subiendo una escalera en estudiada simetría: idéntico peinado, parecido vestuario, idénticos torsos cimbreantes. Una imagen con mucho glamour y suave erotismo, de esas que suelen gustar a la prensa rosa. Pero esa foto no aparecía en una revista del corazón, sino en la portada del diario EL PAÍS, y se publicó el día 28 para ilustrar un acontecimiento de la máxima relevancia política, la visita a España del presidente francés, Nicolas Sarkozy. Y eso es lo que ha molestado a muchos lectores: consideran que con esta imagen el diario denigra a las mujeres y contraviene los principios de su propia línea editorial. Algunos plantean además otras cuestiones que merecen una reflexión: ¿Se está contaminando de amarillismo la prensa seria? ¿Se está deslizando EL PAÍS por la pendiente de la frivolidad?

El suscriptor Carlos Sancho abre la polémica: ‘La considero una foto impropia de un periódico serio y un insulto a los lectores. Supongo que no hace falta explicar por qué’. Eva Dorado y Paloma Rodríguez sí lo explican: ‘¿Desde cuándo dos culos femeninos resumen la primera visita de Estado del actual presidente francés?’. La fotografía no sólo ofende su inteligencia, dicen, sino también su sensibilidad. José Rafael Gil, Isabel Badia, Mercedes Borrell o José Alberto Fernández coinciden en que la elección se justifica por criterios informativos y en cambio contribuye a perpetuar la imagen de las mujeres como meros adornos del poder. Patricia Reguero saca de ello conclusiones nada agradables: ‘Es cutre, ofensivo, irresponsable, desacertado y machista. Y el machismo mata’.

Marisa F. Flórez, editora gráfica de EL PAÍS, está en completo desacuerdo con esta lectora. ‘Respeto las opiniones discrepantes, pero ésa me parece una crítica desquiciada. Es muy grave acusar al diario de fomentar la violencia de género por publicar la foto de dos mujeres que en ese momento representan el papel que les corresponde. Se trata de un almuerzo privado, previo a la visita oficial, sobre el que se había creado cierta expectación. La foto es muy buena, tiene armonía y belleza, y el que vea en ella únicamente dos culos tiene un problema en la mirada’. ‘Algunos lectores han podido ver una expresión sexista o machista’, dice la subdirectora Berna G. Harbour. ‘Pero yo no he visto en esa foto dos culos, como no he visto en la de Obama una buena dentadura o un cuerpo envidiable. ¿O acaso debía haberlo visto y por tanto censurar esas imágenes para evitar caer en una supuesta incorrección?’.’Les puedo asegurar que no hemos visto culos al mirar. Hemos visto una foto bonita y elegante de dos mujeres que representan otra generación de primeras damas, una nueva época. Una periodista y una cantante están hoy en ese lugar. Ni es admirable ni reprobable, simplemente es así y nuestro deber es sólo mostrar esa realidad’, afirma la subdirectora Berna G. Harbour.

Sin embargo, es por esa fotografía por la que esta semana hablamos de culos, algo que no es habitual. EL PAÍS los ha publicado desnudos y en escenas mucho menos recatadas sin problemas. No es, pues, únicamente un problema de miradas. Esa foto puede tener muchas. La cuestión es por qué esa imagen fue elegida para ilustrar en portada un acontecimiento político relevante. Tanto Marisa F. Flórez como Berna G. Harbour sostienen que era la mejor opción. Pero ¿hubiera tenido tantas opciones una fotografía de Angela Merkel y la reina Sofía subiendo las escaleras en la misma posición? Un estudiante de periodismo, Adrián Verdugo, expresa así el nudo de la polémica. ‘Podrá decirme que no, que la foto no es un primer plano de las insignes posaderas de doña Letizia y Carla Bruni. Cierto, pero, en el fondo, sabe como yo que esa foto tiene una intencionalidad clara: comparar las siluetas de ambas mujeres. Puedo entender la crisis en la que se ve inmersa la prensa y su imperiosa necesidad de vender ejemplares, pero ¿a cualquier precio?’, se pregunta.

Emilio Escrivà Montó, lector del diario desde 1976, afirma haber observado en los últimos años que ‘a modo de lluvia fina, la ligereza (y en ocasiones la frivolidad) se está apoderando de las formas y los contenidos del periódico’ con la excusa, dice, de que ‘son los signos de los tiempos y de que es lo que demanda la sociedad actual’. EL PAÍS, prosigue, ha dado a la visita del presidente Sarkozy ‘un tratamiento propio de prensa de colores (amarilla, rosa), pero nunca del que considero mi periódico’. También Javier de Lucas y Antonio Vázquez observan este tipo de ‘contaminación’.

Éste es, creo, el núcleo de un debate que trasciende al propio diario. Los medios de comunicación forman un ecosistema de mutuas influencias y los que tienen voluntad de rigor han de hacer un gran esfuerzo cada día por no deslizarse por la pendiente de la espectacularidad y el sensacionalismo. En los últimos años, valores específicos de la industria del entretenimiento se están extendiendo a los contenidos de la prensa y los programas informativos de la televisión. Las fronteras entre información y espectáculo son cada vez más difusas.

Desde el momento en que Carla Bruni expresó su deseo de conocer a la princesa Letizia, los programas y medios del corazón lanzaron una especie de competencia soterrada. ¿Cuál de ellas lucirá más hermosa? ¿Quién ganará en elegancia y glamour? El tratamiento que EL PAÍS y otros medios han dado a esa foto no se explica sin esa rivalidad (realidad) previamente creada. Pero, al mismo tiempo, la atención que Carla Bruni concita en sus viajes como primera dama, incluida esa foto de portada en el diario de referencia de España, refuerza el descarado aprovechamiento mediático que Nicolas Sarkozy hace de su esposa cantante. Porque hay otros presidentes y otras esposas (José Luis Rodríguez Zapatero y Sonsoles Espinosa, por ejemplo) que no hacen ninguna concesión. Luego la explotación mediática de la fama es cosa de dos, en una dinámica en la que los medios no sólo interactúan con la realidad, sino que pueden crear realidad. El ‘factor mediático’ tiene tanta fuerza que puede conducir a extremos esperpénticos. Vean si no la polémica desatada en Italia tras la pretensión del presidente Silvio Berlusconi de incorporar a las listas de su partido para las elecciones europeas a candidatas procedentes de la pasarela o el espectáculo sin experiencia ni vocación política conocida.

Del mismo modo que mezclar política con salsa rosa no parece una buena fórmula para fortalecer la democracia, mezclar información con cotilleo o amarillismo no reforzará la credibilidad de los periódicos.

¿Ha sido EL PAÍS arrastrado por esta deriva en el tratamiento dado a la visita de Sarkozy? Pongamos las cosas en su justo término. La fotografía de portada es discutible. Y más aún mezclar en la misma sección la crónica rosa con la crónica política, como ocurrió el primer día de la visita. EL PAÍS habilitó hace tiempo un espacio, bajo el epígrafe de Gente, para este tipo de informaciones. En ese espacio se publicó, al día siguiente, la crónica social del viaje. Y nadie protestó. La subdirectora Berna G. Harbour pide que se valore el conjunto: ‘Lamento sinceramente que hayamos defraudado a algunos lectores con nuestra portada del martes, pero les puedo asegurar que no hemos frivolizado la visita del presidente francés. La cobertura ha sido sólida, equilibrada, completa y de primera línea. Dedicamos cinco páginas a una entrevista en exclusiva en la edición del domingo anterior, otras cinco sobre los diferentes asuntos tratados en los días siguientes, un artículo de opinión y un editorial. La información sobre Carla Bruni ha sido sólo un complemento de color en la cola de la información principal. Lo político suma 10 páginas; lo glamouroso, apenas un apoyo informativo en España, la página en la sección de Gente y la foto de portada’, concluye.

La reacción que ha provocado la fotografía de portada debe ser vista como una subida de fiebre, como un síntoma de alerta ante peligros que debemos evitar. Lo que muchos lectores no toleran de EL PAÍS es que haga lo contrario de lo que predica en sus editoriales. Y lo que más valoran es su fiabilidad y su rigor. La información no tiene por qué ser aburrida. Hay muchas formas de explicar la realidad de forma interesante y atractiva. La polémica es saludable. Indica que recurrir al amarillismo o la salsa rosa puede convertirse en una trampa para los medios serios: defraudarán a sus lectores fieles y no es seguro que atraigan a otros. Al fin y al cabo, si lo que se busca es sensacionalismo, la prensa amarilla siempre lo hará mejor.’

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