Domingo, 23 de Setembro de 2018
ISSN 1519-7670 - Ano 19 - nº1005
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INTERESSE PúBLICO > LA VANGUARDIA

Josep M. Casasús

13/04/2004 na edição 272

‘Nos reunimos un grupo de lectores para hablar del diario. No es la primera vez que tengo este tipo de encuentros. Forma parte también de mis funciones como defensor. Participé en una de esas charlas al inicio de mi mandato, y lo he vuelto a hacer en otras ocasiones. Suelo preguntarles qué esperan de su diario.

No todos los lectores esperan lo mismo de la prensa, por supuesto. Pero sí que coinciden en algunas ideas fundamentales. Esperan de entrada, sin más complicaciones, que el diario les informe bien, y esperan que contenga opiniones plurales, aunque algunos lamentan, como es muy humano, haber leído artículos con cuyo contenido discrepan.

En este caso la conversación apuntó al fondo: ¿Qué esperan de la prensa en un mundo en el que aumenta la oferta de otros medios, como la radio, la televisión e internet?

Mis contertulios dieron una respuesta casi unánime: esperamos del diario que nos dé una información completa, reposada, contrastada, segura; la que nos llega por radio, televisión y por los canales digitales es una información rápida, fragmentada, inmediata, al hilo de un acontecimiento en marcha, y por lo tanto incompleta por definición.

Uno de esos lectores, Jaume Ribas, aportó una interpretación sobre la evolución de la prensa. Con todos esos medios de comunicación en permanente emisión han perdido sentido las ediciones extra sobre un acontecimiento del que no se conoce su final. Antes estaba justificado que un diario sacara a la calle varias ediciones a lo largo del día. Era así cuando no había medios capaces de dar al público información en tiempo real.

No podemos olvidar, sin embargo, el valor del tiempo en el periodismo moderno. Es lo que en teoría del periodismo se denomina el factor tempestividad. Significa dar la información en el momento oportuno, en el momento tempestivo, el más cercano posible al instante de producción de un hecho.

La tempestividad centra hoy expectativas del público respecto a los medios informativos. No ocurría eso en el periodismo antiguo, cuando sólo había diarios y otras publicaciones periódicas. Lo ha descrito Jürgen Wilke a partir de sus investigaciones sobre la evolución de la prensa alemana desde finales del siglo XVII. A los lectores entonces no les interesaba mucho conocer las últimas noticias. Preferían conocer los acontecimientos de manera completa y fehaciente.

El interés generalizado por conocer noticias a medida que se suceden los episodios de un acontecimiento en pleno desarrollo es un fenómeno que fue creciendo desde el siglo XIX. Se aceleró a mediados del siglo XX cuando la radio y la televisión permitieron acercarse al ideal de la información instantánea y simultánea, aunque sea incompleta y aunque después resulte que es incierta, que deba desmentirse o que quede superada.

La participación del lector

Esas reuniones con grupos es un método de trabajo, el menos conocido, de la función del defensor. Por supuesto que la mayor parte de consultas, sugerencias y quejas llegan por correo electrónico, por teléfono y, cada vez menos, por correo postal. Escuchar a los lectores en reuniones más o menos concertadas es un medio eficaz para conocer sus puntos de vista, como lo es también atender a las opiniones espontáneas en bares, restaurantes, e incluso en transportes como en el tren en el que viajo desde mi domicilio hasta Barcelona.

Todas estas maneras de canalizar las iniciativas y reacciones de los lectores se complementan con la fórmula tradicional de las cartas que se envían a la dirección con el deseo de que sean publicadas. La práctica de esa variante tan peculiar de género periodístico que son las cartas al director está muy arraigada en los lectores de ‘La Vanguardia’. Conforma un patrimonio cultural del periodismo europeo de calidad. Sobre las cartas de los lectores de ‘La Vanguardia’ acaba de salir un libro editado por Ismael Nafría (Ed. Ara Llibres, 2004), y está en curso de lectura en la Universitat Ramon Llull una tesis doctoral de Lluís Pastor, dirigida por el catedrático emérito Lorenzo Gomis.

La rica tradición de las cartas de los lectores es una de las creaciones más cultas de la prensa liberal inglesa del siglo XIX. La sección ‘Letters to the editor’ adquirió peso específico en los contenidos de los grandes diarios de Londres. Ya en sus inicios eran textos que destacaban por su calidad literaria, tanto en el estilo como en la intención, acentuada en muchos casos por la ironía flemática. Importaba más la pieza que su autor. Por esta razón dominó durante muchos años la norma de omitir el nombre del lector que la había escrito.

‘La Vanguardia’ incorporó en los primeros años de su desarrollo este medio de participación directa de los lectores en los contenidos del diario. Encontramos muestras incipientes de este género en los años 20, en la etapa de Gaziel como director. Sin embargo, he podido datar provisionalmente el comienzo de la aparición regular de la sección entonces titulada ‘Cartas a La Vanguardia’ en la edición del 12 de marzo de 1966, cuando Xavier de Echarri dirigía este diario.

No fue ajena a esta iniciativa perdurable y vigorosa de ‘La Vanguardia’ la promulgación, siete días después (19 de marzo), de la ley de Prensa e Imprenta que atenuó el control del gobierno sobre la prensa.

La opinión de los lectores tampoco podía prosperar en un régimen de censura. Es significativo que a medida que fue creciendo la sección ‘Cartas de los lectores’ iba declinando la de ‘Ecos de sociedad’ (suprimida el 31 de diciembre de 1977), forma elitista, y por lo tanto felizmente superada, de presencia de lectores en las páginas de la prensa.

El vigor de las cartas de los lectores entronca con la mejor tradición cívica y liberal.

La participación de los lectores en el diario también se canaliza, desde hace exactamente diez años en ‘La Vanguardia’, mediante la función del defensor del lector.

Todo evoluciona. Incluso la sede de instituciones como ‘La Vanguardia’. Tuvo sus primeras redacciones en la calle Heures y después en la de Barberà, en la ciudad antigua; el 25 de octubre de 1903 se instaló en Pelayo, en el umbral de la ciudad nueva; y a partir de mañana, 12 de abril, la redacción estará en la zona de expansión ciudadana de Diagonal junto a la plaza Francesc Macià.’

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