Terça-feira, 19 de Setembro de 2017
ISSN 1519-7670 - Ano 19 - nº958

PRIMEIRAS EDIçõES > EL PAÍS

Camilo Valdecantos

Por lgarcia em 01/08/2001 na edição 132

EL PAÍS

"Editar", copyright El País,
29/7/01

"Editar textos es una labor sorda, ignorada por el lector y fundamental para conseguir la calidad necesaria con la que un periódico debe salir a la calle.

Es imprescindible que el filtro de la edición depure errores. No siempre se consigue, pero hay algo más grave: que el filtro contamine el producto inicial y lo empeore. Por raro que parezca, ocurre.

Hay un peligro permanente que hace posible el fiasco: el texto inicial de alguien que no está en ese momento en la redacción queda más o menos corto y es necesario ampliarlo, con lo que suele recurrirse al teletipo de agencia, que casi siempre aporta algún dato.

En muchas ocasiones se respeta la ortodoxia y el lector puede ver en una información firmada, con uno o varios párrafos entre corchetes, y mención expresa de la agencia que los ha facilitado.

Pero, a veces, se sucumbe a la tentación de dar como propio lo ajeno y, si la fuente se equivoca, el desastre sobreviene.

El pasado 15 de julio se publicó una crónica, firmada por el corresponsal del periódico en París, Joaquín Prieto, sobre la fiesta nacional francesa en la que se hacía desfilar a una inexistente ?unidad antiterrorista conjunta hispano francesa? y al capitán de la Guardia Civil, Fernando Fondevilla, vestido con el uniforme de la policía francesa, algo que tampoco ocurrió.

Ninguno de estos datos estaba en la crónica original, enviada desde París. La fantasmagórica unidad antiterrorista se tomó de una agencia, sin citarla, y al capitán Fondevilla, que desfiló con su uniforme español reglamentario, se le disfrazó de francés arrastrando otro error.

El pasado martes, día 24, en una información de Anabel Díez sobre la ruptura de negociaciones entre PP y PSOE para renovar los órganos constitucionales, se hacía referencia al magistrado del Tribunal Supemo, Roberto García Calvo, candidato propuesto por el PP para el Tribunal Constitucional, pero, al editar la pieza, alguien le añade al nombre del magistrado su condición de ?gobernador civil durante el franquismo?, dejándose llevar por afirmaciones públicas de un portavoz socialista, durante el baile de encuentros y desencuentros entre los negociadores, pero que no responden a la realidad.

En este caso, el periódico publicó una fe de errores al día siguiente para aclarar que ejerció como gobernador entre abril de 1976 y marzo de 1977.

El viernes pasado se produjo un error singular en ese complicado proceso de editar.

En la primera edición, un antetítulo decía que Arnaldo Otegi, dirigente de Batasuna, ?califica a Olaia Castresana de ?patriota y compañera?.

Quedaba claro el afán laudatorio del señor Otegi y la lógica política de su declaración. Pero en la edición de Madrid se retocó el antetítulo y se pudo leer que ?Otegi, portavoz de Batasuna, tilda a Castresana de ?patriota y compañera?.

Como resulta que tildar, además de poner tildes, significa, según el diccionario de la Academia y el uso habitual del verbo, ?señalar con alguna nota denigrativa a una persona?, se atribuía a Otegi la intención contraria a la que dejó clara ante los periodistas.

El pasado domingo, día 22, una información, en las páginas de Cultura, anunciando un concierto de jazz, contenía, en opinión de Beni Perlmutter, que escribió al Defensor desde Estepona (Málaga), ?más errores que lo humanamente imaginable?. Puede que sea un poco exagerado, pero no le falta razón.

En el titular, y en tres ocasiones más -denuncia el lector-, se escribió Brandford Marsalis, pero sobra la ?d? intercalada en el nombre propio del músico, que se llama Branford.

Se aseguraba que era el ganador del Grammy por Contemporay Jazz, pero debió escribirse Contemporary. Se hablaba de un programa de televisión estadounidense donde actuó y que presenta el ?conocido Ray Leno, pero resulta que el presentador se llama Jay. Y a los ?archiconocidos?, como los llama el lector, Louis Armstrong y Miles Davis se les rebautizó como Lou y Milles, respectivamente.

Un ejemplo de ausencia de edición que, en este caso, como en tantos otros, debió hacerse por alguien con conocimientos suficientes y especializados.

La publicidad incluye, de vez en cuando, algún texto mal redactado y hasta alguna falta de ortografía. También los textos publicitarios se revisan, pero también en este campo se cuela algún gazapo.

La edición digital del periódico ha ofrecido esta semana un anuncio para que los lectores adquiriesen el Quijote.

El reclamo decía: ?En algún lugar de la mancha…?, modificando caprichosamente las primeras palabras de Cervantes que recitan hasta los niños y con minúscula para la región donde vivía el hidalgo.

Pero al pinchar el anuncio y desplegarse en la pantalla podía leerse ?visualize?, escrito así, con zeta y sin un solo acento en el resto del texto publicitario.

Manuel de Paz advirtió al Defensor del atropello y los responsables de la edición digital lo hicieron a la empresa anunciadora, pero, al menos 24 horas después, nadie había reaccionado.

En cualquier caso, habría sido necesario un control previo, por parte del periódico, que evitase el bochorno.

La edición es una tarea imprescindible para todos los textos que se incluyen en el periódico y alcanza, por supuesto, a la publicidad sin que sea posible trasladar la responsabilidad de este tipo de incorrecciones a la empresa anunciadora.

Dejemos la edición. El Defensor se despide de esta columna hasta septiembre, pero tratará de atender, durante el mes de agosto, y en la medida de lo posible, el correo electrónico de los lectores."

    
    
                     

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