Quarta-feira, 20 de Setembro de 2017
ISSN 1519-7670 - Ano 19 - nº958

ENTRE ASPAS > FRANÇA & ALEMANHA

Arte TV, um crisol europeu

Por Bernard-Henri Lévy em 12/10/2010 na edição 611

Arte, la televisión francoalemana, no es una cadena (qué palabra tan extraña, tan fea, y qué poco se corresponde con ese espacio de libertad que vienen desbrozando los artesanos de Arte desde hace veinte años): es una plataforma, un foro, un nexo y un lugar, un vivero de artistas, un obrador de creaciones potenciales, un depósito y una fábrica de formas, una república del intelecto, el equivalente de los monasterios y las universidades que una vez insuflaron su aliento a Europa, un manifiesto permanente, un monumento.


El asunto de Arte no es el diálogo de las culturas (qué palabra tan vaga, tan envilecida, tan vacía, cuántas veces no es sino la coartada de todas las prudencias y de todos los conformismos): es la invención, la producción de un objeto cultural no identificado, de una quimera, que, sin el trabajo de Arte, sin su voluntarismo encarnizado, no habría existido o, en todo caso, no habría surgido de la misma forma ni en el mismo momento; a partir de dos culturas nacionales, a partir de los sueños cruzados de los contemporáneos de Wim Wenders y Jean-Luc Godard, de Pina Bausch y Lévi-Strauss, pongamos por caso, es la elaboración de ese florilegio magnífico, nuevo, presente en cada uno de esos dos mundos -aunque ausente del resto de sus canales- que, a falta de una expresión mejor, llamamos ‘cultura europea’.


Por otra parte, no es un asunto cultural, sino político. Sí: ¡político! ¡Forzosa y eminentemente político! Suele decirse: ‘La cadena cultural Arte’. O: ‘La televisión cultural Arte’. Yo mismo acabo de escribir: ‘Cultura europea’. Pero es por pereza en el uso del lenguaje. O un ardid de quien, en la guerra contra los bárbaros, prefiere avanzar enmascarado. Cuando, a partir de dos países, se fabrican imágenes y, por tanto, su imaginario, su alma, su identidad compartida, de lo que se trata es de política. Yo incluso diría que nunca hubo nada tan político como esa decisión soberana, algo loca, y en la que algunos vieron -seremos caritativos y no los nombraremos aquí- una ‘tontería’, un ‘crimen’ o una apuesta ‘perdida de antemano’, de fabricar Europa a partir de dos talleres nacionales. ¿La gran política europea de finales del siglo XX? ¿La primera verdadera incursión más allá de la edad de las naciones y sus pasiones mortíferas? La invención, en el momento en que el muro de Berlín se venía abajo, de ese deseo llamado ‘Arte’.


Porque, insisto: Arte no es el producto de Europa, sino su crisol. No es que primero apareciese Europa y, después de Europa, Arte: la construcción de Arte -como la de Babel, de cuyos arquitectos dijera Hegel que eran ya, sin esperar a la obra acabada, la viva imagen de esa humanidad que tendría en la torre su símbolo y su sede- fue, en sí misma, y desde el primer día, una de las hermosas y saludables fraguas en las que comenzó a acuñarse la moneda espiritual de Europa. Ya no deberíamos decir: ‘El genio de Europa y su encarnación en Arte’. Sino: ‘El cuerpo de Arte, sus órganos, sus procedimientos y, a través de Arte, la inspiración de un poco de genio europeo’. ¿De qué otra realidad podemos hablar así? ¿Acaso ha habido o hay muchos más genitores vivos de Europa? Gracias, Arte.


Sorte e honra


¿Europa está en crisis? ¿Duda de sus instituciones y de sí misma? ¿De sus presupuestos y de sus criterios de convergencia? ¿De sus reglas? ¿De sus valores? Pues bien, Arte se mantiene firme. Arte resiste. En una Europa cuyas referencias se tambalean, Arte es una zona de estabilidad, un punto fijo, el propio ojo del huracán, un ancla. En una Europa en la que cada cual ha terminado comprendiendo que esta podría detenerse, retroceder, o incluso desmoronarse, Arte es un pilar sólido y, por el momento, sin igual. Qué extraño, comenzar entre improvisaciones y dudas, no saber ni adónde se va ni si es razonable ponerse en camino, y encontrarse, dos décadas después, a cargo de un arca de Europa. Para nosotros, alemanes y franceses, esa es la divina sorpresa de Arte.


¿Por qué solamente franceses y alemanes? ¿Y qué decir de ese fracaso, de esa incapacidad, a menudo, deplorada, para extenderse más hacia el Sur, o hacia el Norte, o incluso hacia el Este? No está tan claro que sea un fracaso. En absoluto. Pues si en algo ha fracasado Europa hasta el momento ha sido, precisamente, en su extensión, mal regulada, mal pensada, tal vez precipitada. Y si hay una respuesta a ese fracaso, un remedio a esa extensión, solo puede ser una intensión, una intensidad redoblada y, por tanto, un proyecto europeo contenido, como, precisamente, el de Arte. En otras palabras: lo que la Europa de los Veintisiete ha ganado en extensión, lo ha perdido en reflexión sobre sí misma y sobre sus principios. Y para recuperar lo que ha perdido, para reconquistar un poco de ese terreno de pensamiento cedido, tal vez haya sido bueno reorientarse sobre el eje del motor de dos tiempos francoalemán. Tal vez fuese inevitable, tal vez lo siga siendo, dejar esa rodada que, desde la Reforma alemana y, más tarde, la Revolución Francesa, hasta sus paradójicas encrucijadas, Arte incluido, nunca ha cesado de ser el corazón palpitante de Europa.


Defender y celebrar a Arte. Proteger y reforzar el improbable cuerpo en que se ha convertido como la cabeza de ese hombre enfermo que es hoy Europa. Tal es la herencia de estos veinte años. Tal es la tarea que asumirán aquellos, quienesquiera que sean, que continuarán la aventura. Y en ella estará su honra y también su suerte. Pues no habrá, en los tiempos que vienen, tantas ocasiones de ser verdaderamente fieles a la gloriosa promesa de nuestros padres.

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