Sexta-feira, 24 de Novembro de 2017
ISSN 1519-7670 - Ano 19 - nº967

VOZ DOS OUVIDORES > LA VANGUARDIA

Carles Esteban

16/01/2006 na edição 364

‘Algunos de mis antecesores en el cargo han abordado en los últimos años un fenómeno que, no por ser frecuente, sorprende una y otra vez a los lectores. Se trata del seguimiento desproporcionado o sincopado de algunas noticias, que un día aparecen como elementos destacados del menú informativo y al día siguiente, o pasado un tiempo, caen en el olvido sin que se ofrezca una versión definitiva que aclare o ponga un fin, siquiera momentáneo, a la historia que en su día se destacó. Ello sucede a través de dos mecanismos diferentes. Un día un acontecimiento concreto recibe el tratamiento de noticia destacada, y por lo tanto abre al lector una expectativa determinada. Pero nunca más se vuelve a hablar de él. Otra variante consiste en presentar una noticia positiva, de un aparente efecto beneficioso para la humanidad, con gran despliegue de medios y dedicándole un generoso y destacado espacio informativo y luego, si se descubre que sólo era un fraude, o bien que no respondía a las expectativas creadas, se ofrece la información correctora correspondiente pero con un relieve mucho menor.

Este último supuesto es el que considera que se ha producido, según el lector Xavier Sobrevía, con el escándalo que ha rodeado los fraudulentos avances científicos anunciados en su día a bombo y platillo por el profesor surcoreano Hwang Woo Suk en relación con su trabajos sobre clonación y obtención de células madre de origen embrionario con finalidades terapéuticas. Las primeras noticias sobre estos hallazgos científicos, publicados con todo relieve por la prestigiosa revista norteamericana Science, fueron objeto de un tratamiento muy destacado en toda la prensa internacional, y lógicamente, también en La Vanguardia.

EL FRAUDE. En cambio, cuando un comité científico avanzó sus conclusiones de que los trabajos del profesor surcoreano con células madre de embriones humanos clonados (que teóricamente abrían una ventana de esperanza para el tratamiento de enfermedades incurables hoy en día) eran un fraude, el relieve que se dio a la noticia fue muy inferior. Lo mismo sucedió , aunque con menor intensidad, cuando se conoció -antes de establecerse la naturaleza fraudulenta de los experimentos- que los óvulos utilizados para obtener los embriones humanos y las células madre se habían extraído de empleadas y colaboradoras del prestigioso investigador, algo totalmente irregular y que contraviene la praxis científica ortodoxa.

No es que La Vanguardia no diera esas noticias correctoras, desde luego, ya que se habló de ello en diversas informaciones publicadas entre noviembre y diciembre del 2005 y más recientemente en la edición del pasado 11 de enero. Pero todas esas informaciones tuvieron un relieve mucho menor que cuando se anunció el presunto éxito del investigador surcoreano, que ahora, a la luz del informe del comité científico independiente que evaluó su trabajo, es acusado de haber cometido ‘un fraude hacia la comunidad científica y el pueblo surcoreano’ .

De todas las novedades anunciadas por el investigador, dicho comité sólo confirma que sí llevó a cabo la clonación del perro Snuppy, pero eso en cualquier caso tiene mucho menor relieve por los antecedentes de la clonación, muy anterior, de la oveja Dolly y otros experimentos similares realizados con animales.

La queja que realiza el citado lector abre un interrogante sobre la función de los medios de comunicación ante los avances de la ciencia y, en general, sobre la divulgación de los avances del conocimiento humano. Empezando por la hasta ahora considerada infalible revista Science, una especie de biblia del progreso científico y referente universal en la materia, cuyo comité científico deberá revisar a fondo sus mecanismos de aceptación de los trabajos publicables. En cuanto a los periódicos, que desempeñamos un trabajo de carácter divulgativo, pero que por ello mismo llegamos a un público más amplio y en general menos especializado, dicha reflexión también debería movernos a revisar algunos de los mecanismos de respuesta que debemos aplicar ante circunstancias como las del científico-estafador surcoreano. No se trata de cerrar los ojos a los presuntos avances -La Vanguardia tiene una larga tradición en el campo de la divulgación científica-, sino de presentarlos con mesura y prudencia, como creo que acertadamente se hace habitualmente, y reaccionando con proporcionalidad cuando la dura realidad del fraude o el fracaso desvanecen la esperanza suscitada por el frustrado avance. No sé si sería necesario que los medios de comunicación (y no me refiero sólo a los redactores), que son el gran engranaje del proceso de la información, empezáramos a pensar en una ética profesional específica para administrar la gran resonancia mediática que rodea los avances científicos, especialmente de aquellos que se mueven en terrenos inseguros o resbaladizos a pesar de que abran grandes expectativas sociales o sanitarias.

Los trabajos del equipo surcoreano ahora denunciado se llevaban a cabo, además, en un campo muy complejo y delicado (la clonación y el uso de células madre provenientes de embriones) en que a la controversia científica se superpone la controversia moral y religiosa. Y no deberíamos dar la imagen de que ante una problemática con aristas científicas, morales e ideológicas escurrimos el bulto minimizando los fracasos en nombre de una supuesta mentalidad progresista. No digo que en este caso haya sido así, pero no debería quedar ningún resquicio de duda.

CRITERIOS. El periodista Josep Corbella, un veterano redactor de La Vanguardia, que en los últimos años ha dedicado gran parte de su trabajo a las noticias relacionadas con la ciencia, considera que ‘la información biomédica tiene criterios específicos de valoración que difieren de los de otras áreas informativas. El criterio de espectacularidad, por ejemplo, que en áreas como sucesos o deportes es un plus, no puede aplicarse del mismo modo al escribir sobre biomedicina porque, más que informar a los lectores, puede confundirles o alarmarles -como ocurrió con la crisis del SARS, ocurre en cada nuevo brote de legionela o se está repitiendo ahora con la gripe aviar- .El criterio de enfrentar opiniones contrapuestas, habitual en información política, es en la información biomédica puede desconcertar a los lectores -como se vio durante la epidemia de las vacas locas, en que las declaraciones de políticos y ganaderos contribuyeron a sembrar la desinformación- . Pero un criterio común a todas las áreas informativas es que, cuando una noticia que en el pasado se tomó por cierta resulta ser falsa, lo correcto es publicar la versión actualizada de los hechos’.’

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