Terça-feira, 16 de Julho de 2019
ISSN 1519-7670 - Ano 19 - nº1046
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VOZ DOS OUVIDORES >

Josep M. Casasús

20/07/2004 na edição 286

‘Perplejos por las reacciones de algunos periodistas ante las quejas que curso como defensor, diversos lectores me han confiado en ciertas ocasiones unas reflexiones no exentas de suspicacia.

–¿No cree que a veces le toman el pelo –me han dicho– con alguna explicación o cuando tardan mucho en contestarle?

–A veces tardan en responder porque esperan el resultado de unas comprobaciones o porque yo también quiero verificar o compulsar los datos de un caso mal resuelto.

–¡Vamos, hombre! Usted lleva barbas, según he visto en La Vanguardia Digital, pero nosotros hace tiempo que nos afeitamos…

Por cierto, sobre un error relativo a una estadística referente al afeitado (en sentido literal y no figurado) puedo dar hoy resultados que se demoraron por diversas razones.

De entrada, como verán, el lector me planteó la queja siete semanas después de publicarse el gazapo; la autora del texto tuvo que comprobar el origen remoto del fallo en la fuente que suministró el dato equivocado, y cuando recibí el resultado de la indagación consideré que había otros casos que merecían atención preferente. Lo expongo hoy.

El lector Antoni Giménez i Matheu, de El Masnou (Maresme, Barcelona), me envió el pasado 26 de mayo la siguiente carta electrónica: ‘No siempre tengo tiempo de leerme todos los artículos del Magazine, y lo que hago es guardarlos para cuando tengo más tiempo libre. Ahora acabo de leer el Magazine correspondiente al 4 de abril y he quedado un poco sorprendido por los datos que da el espacio Vida-Belleza, en la página 82’.

El núcleo del caso: ‘Nos explica Àngels Marin que el afeitado húmedo mueve en España 200.000 millones de euros. Debido a que afirma que es el doble de hace ocho años, he supuesto que se trata de una cifra anual’. El sorprendido lector supone bien.

Y sus conclusiones demuestran que tiene motivos para sospechar del dato. Dice: ‘Si consideramos (mediante una operación sencilla) una población de 40 millones, de los cuales consideramos que se afeitan unos 15 millones, es fácil hacer un cálculo que a mí me da unos 14.000 euros al año, o sea, cerca de 40 euros por día’. Cálculo razonable.

El lector formula otras deducciones: ‘Si sumamos tres de los productos básicos recomendados en el artículo, o sea, una máquina de afeitar, un calmante y una espuma para las pieles sensibles, nos da un total de 36,10 euros, o sea que, aunque tiremos estos productos cada día, aún nos quedan 4 euros diarios sin justificar. Por más que me afeite sin cerrar el grifo del agua y no apague la luz, no creo que el gasto llegue a esta cifra’.

Percepción cierta.

Y concluye el lector: ‘Mi economía no me permite gastar este dinero y, por tanto, en un seguimiento estadístico, me lleva a pensar que algunos ciudadanos gastan mucho más. Me pregunto cómo se las arreglan para gastar tanto dinero diario en el afeitado. A mí no me salen las cuentas’. Lo comprendo.

Los lectores de La Vanguardia hace tiempo que se afeitan en el sentido figurado, pero no tanto en el sentido recto y literal que señalaba este dato obviamente equivocado.

Àngels Marin, autora del texto que causó esta justificada perplejidad, ha alegado: ‘La cantidad que cité en el reportaje me la facilitó la empresa del sector Wilkinson, y viendo que ésta era elevada, pedí que me comprobaran el ámbito del estudio (España o Europa) y la exactitud de la cifra. La fuente me confirmó los datos por teléfono; si bien he de reconocer que redondeé la cifra por arriba, ya que la cantidad facilitada era de 194.597 millones de euros. Según la empresa que me dio los datos, la cantidad le fue facilitada a su tiempo por la empresa especializada en estudios de mercado AC Nielsen, la cual realizó una estimación basada en la progresión del mercado desde el año 1995. La empresa Wilkinson no figuraba en mi reportaje. Por todo ello (confirmación del ámbito y la cifra y ausencia de interés directo) consideré fiable la fuente y publiqué la citada cantidad’.

Añade esta colaboradora de La Vanguardia: ‘Ante la carta del lector y el requerimiento del Defensor del Lector, volví a ponerme en contacto con Wilkinson y solicité de nuevo la confirmación y el estudio de AC Nielsen. No me fue facilitado, práctica habitual, pero se ratificaron nuevamente en la cifra, esta vez por escrito: ‘Todos los datos que la periodista ha sacado de nuestro folder de Quattro son correctos, puesto que son datos Nielsen; en cuanto a la cifra de 2003 se trata de una estimación como bien pone en el gráfico’. ¿Sí?

‘Persisto en el empeño –afirma la periodista Àngels Marin–. Consulto con AC Nielsen y me contestan: ‘Efectivamente y tal como nos temíamos hay un error de decimales. Donde hay un punto debería haber una coma. Por tanto serían 194 millones de euros y no 194.000 millones de euros’.

La autora del artículo que incluyó el error se disculpa con una sinceridad que la honra: ‘Lamento haber contribuido a la propagación de un dato equivocado. Reconozco que aún me resulta difícil calcular en euros, especialmente cuando se trata de grandes cifras, quizá porque, como al lector, a mí tampoco me salen a menudo las cuentas’.

Hay más periodistas que yerran o se confunden con los euros, pero no todos tienen la dignidad de reconocerlo como hace ella.

LA DEMORA EN RECTIFICAR no siempre está justificada como ocurre, por diversas razones, en el caso que he expuesto hoy. Recordemos, pues, que es un deber básico del periodista evitar el error en origen, en la fuente y en el diario. En todo caso, el principal responsable es el periodista que lo difunde.

Una vez publicado, tanto si se detecta al día siguiente en la redacción como si lo advierte un lector o su defensor, el error debe rectificarse en la Fe de Errores de la edición inmediata. Así lo ordena el nuevo Libro de Redacción de La Vanguardia y todos los códigos deontológicos que son aquí aplicables.

El Libro de Redacción justifica así esta obligación: ‘La fe de errores responde a un compromiso ético con el lector que no debe ser omitido bajo ningún concepto’.

Si no rectifican diligentemente, y si lo aconsejan la gravedad, trascendencia o circunstancias del error, lo registro en esta crónica, aunque debo dedicarla sobre todo a otro tipo de quejas, consultas y sugerencias.’

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