Terça-feira, 26 de Setembro de 2017
ISSN 1519-7670 - Ano 19 - nº959

VOZ DOS OUVIDORES > LA VANGUARDIA

Josep M. Casasús

23/11/2004 na edição 304

‘Desde el pasado lunes he recibido llamadas telefónicas y cartas electrónicas de lectores interesados por las razones de la ausencia del espacio habitual de humor en la penúltima página del suplemento semanal Revista de La Vanguardia correspondiente al día anterior, el pasado domingo 14 de noviembre.

‘¿Es una ausencia provisional?’, me preguntó el lector Pere Pous en una carta que contesté de inmediato el mismo lunes donde anticipaba mi primera impresión, como suelo hacer antes de disponer de más datos.

‘Espero que sea un hecho aislado…’, me comentó el lector Jordi Miró en una carta recibida el miércoles, dos días después.

‘El pasado domingo eché en falta la página de humor de La Vanguardia’, me dijo la lectora Soledad Bengoechea en un correo electrónico enviado el pasado jueves.

En el mismo sentido telefoneó el lector Jaume Serra, y otras personas que no quisieron identificarse cuando me llamaron.

Hablé en primer lugar con el responsable de aquel espacio, Jaume Collell. Me explicó que la página había sido sustituida por otra la tarde-noche del viernes 12 de noviembre, cuando ya había sido entregada, y sin que se le informara en aquel momento de la decisión de retirarla adoptada por la dirección del diario después de consultarlo el redactor jefe de la sección, Eugeni Madueño.

He querido indagar en este caso a pesar de que los defensores del lector no podemos intervenir en los contenidos de opinión, ni en el derecho de veto del director reconocido en todas las normas profesionales del periodismo: de manera expresa en el artículo 7 del Estatuto de Redacción de La Vanguardia elaborado por el director y la redacción del diario, aprobado el 22 de octubre del 2001 e incluido en el Libro de redacción.

Decidí ocuparme de este asunto puesto que los lectores merecemos una explicación cuando la supresión no afecta a un artículo aislado sino a todo un apartado del diario que se publica con una regularidad y una periodicidad que se mantienen desde 1991. El director, José Antich, y el director adjunto, Alfredo Abián, me facilitaron sin reservas una fotocopia de la página suprimida, y contestaron a la interpelación que les formulé en el ejercicio autónomo de mi función de defensor de todos los lectores de La Vanguardia.

Sostienen que en aquella página levantada en el proceso previo a la impresión aparecían dos piezas que por contenidos que rozaban el insulto recomendaban impedir su difusión en defensa del respeto debido a las personas, a la sensibilidad de todos los lectores y al prestigio de La Vanguardia.

Considero, como defensor del lector, que la excepcionalidad en la tolerancia de la que se beneficia el humor en el ejercicio periodístico de la crítica tiene también sus límites.

Una parte de la crónica que publiqué el pasado 23 de mayo a propósito de una sátira, insertada en el mismo apartado de humor del domingo 16 de mayo del 2004, y que afectaba a una consellera de la Generalitat, terminaba con esta conclusión: ‘El humor crítico es libre, pero también lo es el derecho a defender la sensibilidad’. Así lo hice en aquella ocasión, por supuesto a posteriori, a instancias de unas lectoras, y así lo ha hecho en esta ocasión el director en uso de la potestad que tiene él de actuar a priori.

¿Qué opino como defensor del lector a la vista de la página que no se publicó? ¿Qué piezas aparecen en la prueba de aquella página que motivaran la decisión de levantarla? Explico lo que he visto y lo que interpreto. Primero, un Falsos con versos, ilustrado con la caricatura que identifica a un destacado político caracterizado de Monica Lewinsky, y que es aludido en un texto entreverado con juegos de palabras, dobles sentidos de algunos términos, y alusiones procaces inspiradas en los aspectos más morbosos del caso de aquella famosa becaria norteamericana.

No cito el nombre del personaje objeto de la sátira. En la defensa de la sensibilidad no se debe discriminar. Las mismas palabras y la misma caricatura aplicada a cualquier otro político y con un uso ambiguo del apellido de su esposa merecerían de igual manera que el defensor se pronunciara también en contra de la vulgocracia, como hice en mi crónica del pasado 31 de octubre.

La otra pieza objetada es la foto de un colaborador del diario acompañada de un texto con unas claves internas que desconcertarían a algunos lectores, y que ridiculizaba una tarea que el propio diario había encomendado al articulista afectado.

En el humor también se cometen errores. Es un deber alertar sobre ellos e impedirlos.

EL BUEN HUMOR DE TORESKI ha sido recordado estos días por varios lectores veteranos que me han escrito para rectificar un dato publicado el pasado domingo en un recuadro del reportaje de Josep M. Orta sobre los ochenta años de Radio Barcelona.

El lector Jordi M. Escudé, de Sant Cugat del Vallès, expone en su carta del pasado martes: ‘En la página 10 de Vivir del 14 de noviembre me encontré con una gran sorpresa. El simpático Míliu, aquel chico genial creado por Toreski, se había convertido en un perro. En la historia de la radio, sobre todo en Barcelona, no se puede ignorar quién era Míliu. Sobre todo cuando Míliu fue recreado después de la Guerra Civil por dos grandes continuadores de la obra de Toreski: el señor Terrassa con su Maginet, y más tarde Enric Casademont con su Pau Pi’.

Tienen razón los lectores que me han escrito para señalar aquel error sobre Toreski, nombre artístico de Josep Torres i Vilalta, actor que nació en Barcelona el 1 de octubre de 1869 y que murió el 10 de mayo de 1937 en su casa torre del barrio de Sarrià. Toreski ingresó el 24 de septiembre de 1924 en Radio Barcelona para iniciar con un éxito extraordinario un programa en el que mantenía diálogos ingeniosos con un personaje infantil, Míliu, creado gracias a las facultades de ventrílocuo de aquel actor.

Al referirse a Míliu, Josep Maria Orta cometió un error de interpretación de sus notas de trabajo. Lo advirtió al día siguiente, y el martes 16 de noviembre salió una fe de errores que, a su vez, contenía otra confusión. Disculpas renovadas, y agradecimiento a todos los lectores que hablaron con él o que me han escrito a mí como defensor. Las rectificaciones también sirven, como en este caso, para ampliar la información.’

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