Sexta-feira, 24 de Novembro de 2017
ISSN 1519-7670 - Ano 19 - nº967

VOZ DOS OUVIDORES > LA VANGUARDIA

Josep M. Casasús

30/11/2004 na edição 305

‘Apropósito de la crónica de defensor en la que aludí a la vulgocracia (publicada el domingo 31 de octubre) una lectora de La Vanguardia, Ana Sierra, me invitó a tratar un día de los riesgos que supone la creciente expansión de formas de lenguaje abreviado entre quienes usan el móvil para enviar mensajes escritos.

Me preguntó la lectora: ‘¿No debería la prensa advertir sobre el empobrecimiento del lenguaje que supone este invento esnobista? ¿No debería lucharse contra esta nueva forma de vulgocracia en lugar de promoverla como se hacía en un reportaje publicado en La Vanguardia el pasado 23 de agosto? ¿No debemos velar todos, lectores y escritores, por la redacción correcta?’.

No puedo pronunciarme sobre si conviene o no abreviar los mensajes enviados por teléfono móvil. Sí que me atrevo a opinar, sin embargo, que este código aplicado a los SMS (short message service)no es una novedad en el sentido estricto de la palabra.

Walter Lippmann, en su obra clásica Public opinion ya trató ¡en 1922! del código de Phillip, muy parecido al usado hoy en los móviles, y empleado entonces por los periodistas para enviar noticias con ahorro de tiempo, de dinero y de energía.

El llamado código SMS tiene muy poco, pues, de novedad, aunque los adolescentes y jóvenes (grupos mayoritarios que han abrazado esta causa) consideran que están inventado algo revolucionario e innovador.

No olvidemos, tampoco, otro pariente lejano de los lenguajes abreviados: la hoy tan olvidada y denigrada taquigrafía.

En 1905, el tipógrafo Ceferino Gorchs publicó un opúsculo sobre la taquigrafía aplicada a las funciones informativas del periodismo. Propuso, en concreto, un método para acortar tiempos de producción de diarios, y hacerlo, además, con un gran ahorro de medios. El método Gorchs consistía en que los periodistas redactaran sus textos en taquigrafía para pasarlos directamente a los linotipistas, que también sabían taquigrafía.

Con este procedimiento no hacía falta que el periodista compusiera su texto en una máquina de escribir. Sus cuartillas llenas de signos taquigráficos las podía entregar al linotipista nada más llegar de una sesión parlamentaria, una vista judicial, una conferencia de prensa o un mitin político.

Ésta era una de las razones, junto con la disponibilidad de espacio debida a que circulaban pocas noticias, que explican que los diarios de finales del siglo XIX y comienzos del XX insertaran en su integridad declaraciones de acusados e interrogatorios de fiscales y defensores en juicios de elevado interés público, o los discursos de políticos o conferenciantes desde el principio hasta el final.

No toda novedad entraña progreso. La vieja taquigrafía es superior y más avanzada que los jóvenes SMS. Es un arte que facilita además escribir con rapidez y registrar la totalidad de las declaraciones y discursos sin depender de ningún aparato grabador y que a veces falla porque se estropea, se ha llenado toda la cinta o se han gastado las pilas.

Pocos saben hoy taquigrafía, pero en algunas facultades norteamericanas de periodismo se exige conocer esta técnica para ingresar en sus cursos, del mismo modo que se exige saber mecanografía, el sencillo arte que sigue siendo hoy muy útil puesto que permite escribir con rapidez en el ordenador, sin mirar el teclado ni la pantalla.

La legítima inclinación humana a economizar al máximo los esfuerzos es positiva cuando se buscan formas simplificadas de expresión, pero es negativa cuando se cede ante formas vulgares de lenguaje.

Cuando se escribe a vuela pluma, porque así lo exige casi siempre el oficio, pueden entrar en el texto términos impertinentes que pasan inadvertidos para el que escribe.

Las cartas de algunos lectores apuntan a veces a lapsus que podemos atribuir al síndrome de una redacción apresurada.

Un ejemplo de ello es el detectado por el lector Jaime Rodríguez Díaz, de Barcelona, en una información publicada en La Vanguardia del pasado 24 de octubre donde se leía esto: ‘La última reforma del Código Penal (…) se ha cobrado ya la primera víctima (sic) en Catalunya. Un vecino de Alcoletge (Segrià) ingresó ayer en prisión (…) cuando circulaba con una tasa de alcohol que multiplicaba casi por ocho la permitida (…)’.

Dice el lector: ‘¡Pobre hombre!: también es mala pata ser perjudicado por ese victimario y maligno Código! Considerando que víctima es quien sufre daño o perjuicio por culpa ajena o causa fortuita, no parece apropiado calificar así a dicho vecino’.

En este sentido me escribió una carta el pasado 28 de octubre la lectora Celia Pérez Mathiasen, profesora en Río Grande (provincia de Tierra del Fuego, Argentina).

Extraigo unas frases de su carta: ‘Los diariosm er esultan canteras de ejemplos negativos que aprovecho en unos cursos destinados a mejorar los usos lingüísticos (…). También La Vanguardia me ha aportado algunos ejemplos para mostrar (…) En líneas generales, me parece un diario bien escrito, donde a veces aparecen errores variados. El porteño Clarín,en cambio, manifiesta una general pobreza lingüística y se empecina en algunos errores (como el uso sistemático de le por les:le hizo regalos a sus hijos). LaVanguardia, por otra parte, merece leerse por articulistas que dominan la esgrima verbal, aunque suelo discordar con sus opiniones. En la Argentina, el empobrecimiento generalizado ha invadido también el lenguaje…’.

Prestemos mucha atención al aviso que nos envía esta lectora desde Argentina. La pobreza de lenguaje es un síntoma de indolencia y decadencia que suele preceder la irrupción en un país de todas las demás pobrezas, las económicas y sociales.’

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