Sábado, 22 de Setembro de 2018
ISSN 1519-7670 - Ano 19 - nº1005
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VOZ DOS OUVIDORES > LA VANGUARDIA

Josep M. Casasús

01/02/2005 na edição 314

‘He observado que algún periodista se escuda en eso que llaman fuentes si usted, como representante de los lectores, les llama la atención cuando publican nombre y apellidos de víctimas que merecen protección’, me alertó hace poco el lector Luis Cano a propósito del tratamiento dado en La Vanguardia a la extraña muerte de una joven. No doy pistas sobre la víctima por las razones que comprenderán si leen la segunda parte de esta crónica.

No es el primer lector que me exhorta a tratar de las irregularidades en la cobertura periodística de casos que afectan a diversas cuestiones: fuentes informativas; presunción de inocencia; protección de la intimidad, el honor y la imagen de las personas; respeto por el dolor de víctimas y allegados.

Sobre la publicación de nombres de delincuentes o presuntos delincuentes también me escribió el pasado día 13 el lector Jordi Martí i Ruffo, de Barcelona, en estos términos: ‘¿Por qué si la policía detiene, por ejemplo, unos etarras o unos islamistas, o incluso a jóvenes de la kale borroka, publican los nombres y apellidos de todos ellos? ¿Y si no son culpables como ocurre la mayoría de veces? ¿Cuántas veces el juez los deja en libertad por falta de pruebas o por error de las fuerzas policiales? Pero ya nada se puede hacer: el nombre ya está publicado y no se puede dar marcha atrás. Todos pensamos ´algo habrán hecho´ y aquí se acaba el problema’.

Este lector añade más reflexiones: ‘Lo que no puedo entender es por qué no publican (yo diría con letras de molde) los nombres completos de este delincuente motorizado que la policía atrapa circulando a alta velocidad por el carril contrario por la autovía de Castelldefels, bebido y con el permiso de conducir retirado por otra infracción. A este individuo ya le habían retirado el permiso muchas otras veces por infracciones semejantes. Presentado ante el juez fue dejado en libertad al momento. Supongo que ahora ya debe ir con su coche como si nada hubiera ocurrido. ¿Usted lo encuentra correcto? ¿Y aquel otro que por ir bebido y a alta velocidad atropelló y mató a un matrimonio de l´Hospitalet y también está en la calle? ¿Por qué en estos casos La Vanguardia no publica el nombre y apellidos de estos individuos? No son presuntos delincuentes, ¡son delincuentes! Si se publicaran los nombres completos se podrían evitar otros estragos porque tal vez vecinos del barrio o compañeros de trabajo, o incluso familiares responsables, dirían: ´¿Cómo puede conducir si le retiraron el permiso?´, y seguro que alguien los denunciaría. Pero, claro, si sólo publican las iniciales no lo sabe nadie’.

Termina su carta este lector con una cierta resignación, y con una exhortación: ‘Ya sé que las leyes ni usted ni yo podemos cambiarlas (…) Pero sí que veo que un diario como La Vanguardia, sólo con este pequeño detalle de sustituir las iniciales por los nombres completos, haría un gran bien’.

El Libro de redacción de La Vanguardia prescribe el uso informativo de iniciales de personas cuando es necesario preservar su identidad en estos casos: menores afectados por causas criminales; personas próximas o parientes de acusados o convictos; testigos de hechos delictivos; víctimas de violación; víctimas de malos tratos, y sus agresores pues su identificación revelaría la identidad de la víctima puesto que suele ser su pareja.

Debe entenderse que, fuera de esos casos, puede identificarse a los protagonistas de las noticias siempre que se respete la presunción de inocencia. El uso de iniciales en los casos que están sub júdice contribuye a fortalecer el respeto público a la presunción de inocencia. Pero, por el contrario, encubrir la identidad de un sospechoso o encausado con iniciales no es la única cautela que debe guardarse para garantizar periodísticamente el principio de presunción de inocencia.

EL CASO DE LA MUERTE de una joven, que he citado al principio, recibió un trato informativo muy lamentable, trato inducido por los datos que había suministrado la policía.

A partir de esta fuente oficial -la más pertinente en este caso-, La Vanguardia informó de que la causa de la muerte fue una agresión. Un día después la misma fuente calificó el hecho de suicidio. De ello dio cuenta este diario en la edición más inmediata.

Pero un suicidio no es noticia en sí mismo, reza el Libro de redacción de La Vanguardia. Sólo es publicable si el fallecido es un personaje relevante o bien si el hecho ha tenido consecuencias de interés público.

¿Por qué publicaron ese suicidio de forma destacada? Se publicó porque no se aludía a esta probabilidad en las primeras informaciones que dio la policía. Tan pronto se supo que era suicidio La Vanguardia lo aclaró y, lógicamente, no ha tratado más este asunto.

Concurrió en este mismo caso otra falta deontológica inducida, ya en las primeras noticias facilitadas por las fuentes oficiales se identificó a la víctima y a su familia.

La fuentes tienen que informar con reservas explícitas cuando se trata de hechos graves sobre los que existen dudas de calificación y que afectan a derechos de las personas. No siempre se actúa así, por desgracia.

El sistema periodístico -que engloba a las fuentes informativas y a los medios de comunicación- necesita una revisión y una regeneración constantes de sus prácticas.

Es lo que propone la lectora Anna Corbera en una carta que recibí el pasado jueves. Expone esta opinión, entre otras: ‘En los últimos meses conseguir información veraz es casi una excepcional casualidad. Los lectores de prensa no queremos tanto la inmediatez como la veracidad y el rigor de que carecen otros medios de comunicación’.

Tal vez algún otro lector interesado por estas cuestiones de enorme calado profesional y ético se pregunte por qué se publican noticias sobre las que no hay aún datos ciertos.

Se publican porque de no hacerlo se cae en otra falta, grave: la omisión. Los lectores recelaríamos del diario si ocultara una muerte que sale en televisión con todo tipo de imágenes, como ocurrió sobre este suicidio.

Ésta es una servidumbre del periodismo: caso de no aparecer esta noticia en La Vanguardia algunos lectores habrían pedido al defensor que se quejara porque el diario ocultó información. Nada de lo publicable se debe ocultar. Pero los periodistas, en nombre de los lectores, deben ser más exigentes con las fuentes en materia de veracidad. Es deber esencial del periodista velar por la potabilidad de todos los canales informativos.’

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