Sábado, 23 de Junho de 2018
ISSN 1519-7670 - Ano 19 - nº992
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VOZ DOS OUVIDORES > LA VANGUARDIA

Josep M. Casasús

22/02/2005 na edição 317

‘Un lector me llamó el pasado domingo para decirme que no estaba satisfecho de mis explicaciones sobre el comportamiento de la Generalitat respecto de los periodistas durante la crisis del barrio barcelonés del Carmel.

-¿Por qué no criticó usted los obstáculos que puso la Generalitat al trabajo de los periodistas en el Carmel? -me dijo-.

-No lo hice porque no es ésta mi función. Los defensores del lector no somos defensores de los periodistas. Para eso están el Col·legi de Periodistes de Catalunya, las asociaciones de la prensa, los sindicatos y los consejos o comités profesionales en aquellas redacciones que los tienen -le expliqué-.

El caso del Carmel me ha interesado, por supuesto, como a toda persona responsable y sensible. Pero una cosa es mi conciencia ciudadana solidaria y otra distinta la función que ejerzo ahora como defensor del lector de La Vanguardia. A ella me debo cuando publico aquí todas las semanas.

Dediqué mi crónica del pasado domingo a este asunto en la medida en que me corresponde como defensor. Lo hice en la medida en que las intervenciones del poder sobre el trabajo de los periodistas podían afectar a mis defendidos, a los lectores, en su derecho de recibir una información veraz, completa y recta servida por los periodistas.

Este lector, en el ejercicio legítimo de su derecho, y a lo largo de nuestro diálogo telefónico, me formuló más preguntas a raíz de lo comentado en la citada crónica, y me autorizó a hacerlo público hoy con la condición de que le mantuviera en el anonimato.

Es un lector con buena memoria. Me recordó que a propósito de las movilizaciones pacifistas del mes de febrero del 2003, cuando se preparaba la invasión de Iraq, publiqué crónicas en las que sostenía, a partir del principio 8 de la Unesco sobre ética periodística, que era un deber deontológico de la prensa comprometerse en la defensa de la paz, es decir, en la resolución de los problemas con medios pacíficos y tolerantes.

-Aquellas manifestaciones fueron alentadas por la prensa. ¿Por qué dice usted en su crónica (13 de febrero del 2005), en cambio, que los periodistas no deben promover manifestaciones de protesta en casos como el del Carmel? -inquirió este lector-.

Es cierto que la crónica de defensor que publiqué el 16 de febrero del 2003 se titulaba El deber periodístico de fomentar la paz. En ella argumentaba este enunciado. Y lo sostengo.

-Aquellas manifestaciones no eran contra nadie, no eran contra ningún gobierno en concreto. Eran a favor de la paz, valor que debo defender siempre, sin que nadie tenga que instarme a ello -dije al lector-.

-En consecuencia con este argumento, ¿por qué el próximo domingo no pide usted que la gente se movilice en favor de la Constitución europea del mismo modo que justificó las posiciones de los periodistas en contra de aquella guerra? -replicó el lector-.

-No lo haré porque argumentar en contra de las guerras, hacerlo en favor de la paz, es un deber universal, una posición ética y moral ampliamente compartida; pero motivar para pronunciarse en favor o en contra en este referéndum representa intervenir en opciones ideológicas basadas en juicios libres.

PERIODISMO PREVENTIVO es una expresión que utilicé al final de mi crónica del pasado domingo y que ha llamado la atención del lector Marc Comas. Me ha hecho una consulta para un trabajo que prepara, relacionado supongo con alguna práctica escolar o universitaria. Considero oportuno no dar respuestas particulares en estos casos, puesto que otros lectores también pueden estar interesados por esta misma materia.

Me preguntó este lector el pasado lunes: ‘Decía usted ayer que se debería potenciar un periodismo preventivo que denuncie abusos y errores urbanísticos que causan estragos como el del Carmel. ¿A qué se refiere usted cuando habla de periodismo preventivo? ¿Tiene algo que ver con el periodismo de investigación o con el periodismo de denuncia del que he visto referencias en textos teóricos y en comentarios de los años 70?’.

Así es. De entrada, opino que todo el periodismo debería ser de investigación, en cualquiera de sus niveles. Comprobar fuentes, jerarquizarlas, contrastarlas, documentarse, verificar datos, validar versiones, es hacer investigación, en periodismo.

El periodismo preventivo representa investigar más, inquirir más, exigir más pruebas y datos, consultar a expertos, cuando todavía se está a tiempo de evitar, como en el caso del Carmel, desastres causados por el error o las especulaciones urbanísticas en el desarrollo y el crecimiento de las ciudades.

Me referí ya a esta dimensión del periodismo en la crónica donde comenté el tratamiento dado a la catástrofe del tsunami.

Decía allí que el periodismo no debe resignarse a informar de los desastres. Debe contribuir a evitarlos denunciando los riesgos.

LOS PERIODISTAS ABUSARON en el Carmel al grabar o fotografiar imágenes de salas de estar y habitaciones que quedaban al descubierto a medida que se derruían los edificios’, se quejó una lectora. No la identifico porqué concluyó su llamada de protesta con una afirmación que no comparto: ‘¡Lo peor de todo han sido los periodistas!’.

Estas palabras me recordaron las que pronunció un anciano ex alto cargo de la Generalitat cuando salió de la cárcel y le preguntaron por lo peor de aquella experiencia. ‘Lo peor han sido las fotos que me hicieron los periodistas cuando iba a declarar’, dijo.

Lo peor para este procesado por un caso no violento no era que el juez ordenara maniatarle. Lo peor era que los periodistas le fotografiaran esposado en el trayecto entre el coche policial y los juzgados.

En lugar de quejarnos de la causa del hecho nos quejamos de los mensajeros. Es menos arriesgado hacerlo así. Es una de las variantes del síndrome de Estocolmo.

El periodista no es responsable de los hechos, pero es la parte más vulnerable del proceso. Es la única profesión que hace pública su autocrítica. Lo vemos en el caso del Carmel. Casi todos se quitan las culpas de encima. Ningún responsable de los hechos las asume. Algunos periodistas también se equivocaron. Ciertas imágenes del Carmel afectaban a la intimidad. No ocurrió en La Vanguardia. Sólo lo apunto en general, en nombre de la lectora que me lo ha pedido. Pero lo peor no ha sido eso, por supuesto.’

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