Segunda-feira, 11 de Novembro de 2019
ISSN 1519-7670 - Ano 19 - nº1062
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Milagros Perez Oliva

23/06/2009 na edição 543

‘‘Miguel Núñez murió delante de una cámara. Porque así lo quiso. Lo hizo para denunciar la hipocresía que él veía en una sociedad que rechaza la eutanasia. Activo luchador antifranquista, eligió día y hora para poner final a su vida cuando supo que su enfermedad era irreversible’. Pues no. Ni eligió día y hora, ni murió delante de una cámara. Los lectores que el domingo 7 de junio leyeron el reportaje La muerte digna de una vida digna, publicado en El País Semanal pudieron concluir que a Miguel Núñez se le había practicado la eutanasia. Del reportaje se deduce que se le inyectó una sustancia que le causó la muerte y que la cámara estaba allí cuando eso ocurrió, lo cual estaría en perfecta sintonía con el pensamiento de Miguel Núñez, miembro de la asociación Derecho a Morir Dignamente, que propugna la despenalización de la eutanasia.

Pero los hechos no ocurrieron como se ha contado. Un amigo íntimo de Miguel Núñez, el urbanista Jordi Borja, escribió el jueves a la Defensora para advertir que el reportaje contiene datos ‘sorprendentes e inexactos’: ‘Prácticamente expone que a Miguel se le practicó la eutanasia activa (el artículo dice que se filmó la inyección que le causó la muerte) en presencia de su esposa y de su hija. De ser así, sería un delito que afectaría a estas personas y al personal de la residencia. No es cierto’, afirma Jordi Borja, quien asegura haber estado ‘en contacto permanente con Miguel desde que se instaló en Barcelona’.

El viernes fue la viuda, Elena García, quien pidió amparo a la Defensora. En conversación telefónica explicó que, al día siguiente de la publicación del reportaje, ella y la hija del fallecido, Estrella Núñez, habían enviado un escrito al diario acogiéndose al derecho de réplica. Once días después, sin embargo, la rectificación no se había publicado. Elena García considera que el reportaje contiene ‘afirmaciones que no sólo son inexactas, sino que pueden causarnos un grave prejuicio moral y material, e incluso responsabilidades legales’.

‘En la página 20, por ejemplo, se narra la muerte de Miguel de una forma que falta a la verdad. Allí se afirma: ‘Fue un momento muy duro. Yo encendí la cámara e intenté mantenerme a una distancia prudente. Fue muy difícil que la cámara no mediatizara todo’. Eso no es cierto. Miguel no murió delante de la cámara. Nunca lo hubiéramos permitido’, sostiene Elena García.

El reportaje, firmado por Rocío García, se basa en un único testimonio, el de Albert Solé, que ha estado filmando los últimos meses de la vida de Miguel Núñez para un documental titulado Al final de la escapada, que se presentará en otoño. ‘Miguel era para Albert Solé un amigo. Más que eso, para él fue un héroe’, comienza el reportaje de EL PAÍS. ‘De niño sus padres le dejaron muchas noches al cuidado de Miguel y de Tomasa [la primera esposa de Núñez] en algún piso secreto de Barcelona. Eran unos canguros tan clandestinos como el piso’, continúa. Albert Solé, hijo de Jordi Solé Tura, es autor del documental Bucarest: la memoria perdida, que fue galardonado con un Goya en la última edición de los premios de la Academia de Cine.

En ese trabajo, Albert Solé relata su infancia en Bucarest cuando su padre trabajaba como locutor de Radio Pirenaica, y muestra cómo el alzhéimer hace estragos en la mente de quien fue uno de los redactores de la Constitución y ministro de Cultura. El documental sobre Miguel Núñez pertenece a la misma línea.

A partir del testimonio de Solé y el tráiler del documental que éste le entregó a Rocío García, el reportaje de EL PAÍS explica: ‘Miguel Núñez vivía en Madrid y estaba muy enfermo de silicosis. (…) Sabía que se moría y que no le quedaba mucho tiempo. Así que decidió no morir en Madrid porque tenía miedo de que le afectaran los coletazos del caso Leganés. (…) Deseaba morir dignamente y necesitaba ayuda para ello. La encontró en Barcelona, y uno de los testigos de aquella muerte dulce fue Albert Solé’.

Una muerte dulce no es necesariamente una eutanasia y puede conseguirse en cualquier parte de España. Sólo requiere unos buenos cuidados paliativos. Pero los equívocos continúan: ‘Como teníamos una relación de mucha confianza’, relata Albert Solé, ‘le dije que quería rodar una película sobre él. Aceptó encantado; los dos sabíamos hasta dónde iba a llevarnos eso’.

Y el día llegó. Fue el 12 de noviembre de 2008. Miguel tenía 88 años, prosigue el relato. ‘Se sabía que ese día iba a ser el último porque los doctores harían que fuera el último. (…) Cuando él murió se vivió un momento de mucha tristeza, pero yo confieso que no pude reprimir una sonrisa de admiración. Ha muerto cuando ha querido’, relata Solé.

El tráiler muestra una escena en la que unos enfermeros inyectan una sustancia al enfermo. En el reportaje se dice: ‘Entraron unos enfermeros e inyectaron en una vía abierta en el hombro de Miguel el líquido que le induciría a la muerte’. Elena García niega categóricamente tal extremo y también el sentido general de la narración. ‘Se da a entender que fue a morir a Barcelona porque allí podrían practicarle la eutanasia, cuando no es así. Quería morir en Barcelona porque había vivido allí y allí había donado su cuerpo para la ciencia. Estaba en una residencia, pero entraba y salía constantemente del hospital. En julio tuvo una recaída. Amparándose en la Ley de Autonomía del Paciente, pidió que le retiraran todos los tratamientos y entró en el programa PADES, el programa de cuidados paliativos del Servicio Catalán de la Salud. Se le administraba morfina a través de un catéter varias veces al día. La imagen de los enfermeros corresponde a una de esas inyecciones. Ni siquiera es la última’.

Rocío García asegura que tanto las afirmaciones que pone en boca de Albert Solé como la explicación de los hechos que ella asumió como ciertos fueron objeto de grabación. ‘Lamento mucho lo ocurrido, pero yo no soy una periodista irresponsable. Reproduzco lo que se me explicó’, dice. La frase de presentación, que orienta la lectura de todo el artículo, tampoco es suya, sino de un editor del semanal, que lo dedujo del texto. Elena García no expresa acritud hacia la periodista, pero lamenta que no se pusiera en contacto con la familia para corroborar los datos. Tanto ella como Estrella Núñez habían colaborado en la grabación del documental. A la vista de lo publicado, sin embargo, decidieron que el tráiler no se emitiera, como estaba previsto, en el homenaje que se le hizo a Miguel Núñez en el teatro Romea de Barcelona el pasado día 11.

Esta Defensora se ha puesto en contacto con Albert Solé para recabar su versión. Éste asegura no recordar exactamente los términos en que se expresó en la entrevista con Rocío García -’tendría que oír las grabaciones’, dice-, aunque tampoco consta que hiciera precisión alguna sobre lo publicado en el reportaje. En todo caso, se muestra conciliador con la viuda y dispuesto a colaborar para restituir la verdad. Y la verdad es que lo que aparece en el documental es una inyección de morfina; que las imágenes de la muerte son del último día, pero no de la agonía, pues están grabadas por la mañana y Miguel Núñez murió por la tarde; que el enfermo llevaba varios días prácticamente inconsciente y, por tanto, no pudo fijar ni el día ni la hora de su muerte; y que no murió porque le inyectaran ninguna sustancia letal, sino en el curso de un protocolo de sedación del programa PADES. Como mueren miles de pacientes en Cataluña y en el resto de España.

El caso pone de manifiesto que una sola fuente no es suficiente, y menos tratándose de un tema tan delicado. La delgada línea que a veces separa realidad y ficción en el cine, puede haber viciado en este caso el único testimonio en que se basa el reportaje. Un documental no deja de ser en cierta medida una ficción. Este tipo de cine se basa en la realidad, pero admite licencias que el periodismo no se puede permitir. Si en una secuencia aparecen unos enfermeros que inyectan algo al paciente y la siguiente muestra a unos celadores retirando el cadáver, es fácil deducir una relación de causa efecto y hasta resulta poético. La elipsis es un buen recurso cinematográfico. El relato funciona. Pero en periodismo, el relato, para ser veraz, tiene que corresponderse exactamente con la realidad. No caben elipsis. O es o no es.’

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